
Una vez en diciembre de Marta Santés.
Por Emma Hurtado
Una vez en diciembre, de Marta Santés, es una de esas novelas que parecen escritas para despertar recuerdos. No solo porque nos transporta a la Rusia imperial de los Romanov, uno de los episodios históricos que más fascinación sigue generando entre los lectores, sino porque bebe directamente del imaginario de Anastasia, la célebre película de animación que marcó la infancia de toda una generación. Desde las primeras páginas, resulta imposible no sentir esa mezcla de nostalgia y emoción al reencontrarse con personajes tan icónicos como Anastasia y Dimitri, reinterpretados aquí con una sensibilidad propia y una profundidad que los hace sentir nuevos.

La novela nos presenta a una Anastasia Romanov que, desde niña, descubre que puede ver fantasmas, un don que decide ocultar por miedo y por la dificultad de convivir con aquello que nadie más puede comprender. Este elemento sobrenatural podría haber quedado como un simple recurso fantástico, pero Marta Santés lo integra con enorme naturalidad en la trama. Los fantasmas no son solo una curiosidad o una herramienta narrativa: forman parte del crecimiento de Anastasia, de su manera de entender el mundo y de enfrentarse a la pérdida. Es un aspecto muy bien trabajado que aporta personalidad propia a una historia que, de otro modo, podría haberse limitado a ser un retelling histórico.
Para mí como lectora, uno de los aspectos que más valoro de la novela es precisamente su capacidad para transmitir las emociones de los personajes. Marta Santés posee una prosa ágil, muy visual y tremendamente envolvente. De verdad sientes que estás metido dentro de las páginas. La lectura fluye con facilidad, pero sin renunciar a construir atmósferas cuidadas ni a profundizar en las emociones de los personajes. Es una novela que puede disfrutarse a cualquier edad, pero que conecta especialmente bien con el público juvenil por su forma de abordar temas universales como la identidad, la pérdida, el primer amor o la búsqueda de un lugar
en el mundo.
El romance merece una mención aparte. La relación entre Anastasia y Dimitri está construida con paciencia y sensibilidad,
permitiendo que el vínculo evolucione de forma orgánica. No se basa únicamente en la atracción, sino en la complicidad, el apoyo mutuo y la confianza que surge entre dos personas obligadas a enfrentarse a circunstancias extraordinarias. En una época en la que
abundan las historias románticas aceleradas, resulta refrescante encontrar una novela que entiende que las emociones necesitan espacio para desarrollarse. Además, huelga decir que todos estamos enamorados de esta pareja en la televisión y poder leer lo que piensan, lo que sienten… es algo mágico.

También hay que destacar el enorme atractivo que siguen ejerciendo los Romanov sobre el imaginario colectivo. Pocas familias históricas despiertan tanta curiosidad como ellos, y Marta Santés sabe aprovechar ese magnetismo sin caer en el exceso de información histórica. La autora utiliza el contexto como un escenario fascinante que potencia la historia personal de Anastasia, permitiendo que incluso los lectores menos interesados en la historia rusa se sientan atrapados por la narración. Todo lo relacionado con el asesinato de la familia y la posibilidad de que Anastasia continuara viva después es algo en lo que todos pensamos (¿Imperio romano de las girls? Puede ser) y Marta nos trae esa fantasía de una forma que te atrapa desde el
principio. Algo que se repite con frecuencia entre los lectores es precisamente esa sensación de estar regresando a una historia querida. Al final, todos vimos y disfrutamos de esa película animada en la que está basada la novela y este libro, es literalmente, como trasladarte a tu infancia con un abrazo.
En definitiva, Una vez en diciembre es una novela que conquista por varios frentes: por la fuerza de su ambientación, por el encanto eterno de los Romanov, por un romance emotivo y bien construido y por una protagonista fuerte. Pero, sobre todo, es un libro que despierta algo muy especial en quienes crecimos con la leyenda de Anastasia: la sensación de volver a casa.